
Conocido este rumbo de oblicua, tiempo de refrigerio cercano al desconocimiento mortal del libertador y sus siestas imprevistas durante la vigilia de otros. Aquellas parihuanas y su familiaridad con lo onírico flamean entre el gusto anti natural que hoy se expande, mientras su eterna consecuencia en el territorio da el pecho y el cubil. Magenta y blanco no es rojo y blanco, es un espejo roto.
Esta superstición es el escalafón sin escalante, mi paso bajo la humarada negra de los gatos. Lejos de la izquierda, del despertar por los rumbos antes mencionados, existe otro credo que nombra un Jesús superior, que no cree en lineas que corten tierras ni en un orden que manche mesas. Anoche, regresando de un colapso de éter, me derivaron al caos de la plazuela y el camal. Aunque todos lo objeten, en los hospitales el caos y el cosmos son lo mismo, en las clínicas no existe la vida.
Recuerdo la cercanía y popularidad de esta plaza donde no hay hospitales pero abunda la enfermedad, el virus del azueto, el aburrimiento que lleva a la acción hacia un contrato de naturalezas, la fricción contra los soles, unos astros que nacieron para consumir lo mudable del actor terrenal.